Saturday, December 26, 2009
Fotos en las paredes, de Yoss
Ahí mismito la fichó. Aunque a él le gustan las criollitas, caderúas y tetonas, jacarandosas y supermaquilladas, y ella era flaquita y planchá. Vestida además de negro normal, sin tacones, ombligo al aire, escotes ni pantaloncitos pélvicos, y hasta con el pelo recogido debajo de un pañolón prieto, casi una monja. Podría tener lo mismo 20 que 30 que 40. Ná que ver…
Parece que esa tarde el Zambo todavía no tenía apalabrada ninguna loca fúnebre para hacer cochinadas en el panteón de los Naturales de Ortigueira. Y seguro la tipa era la única del cortejo que tenía menos años que las pirámides. Pero aunque la vigiló todo el tiempo a ver si le daba una señal para poder entrarle, se quedó con las ganas; ella ni lo miró.
El Zambo tenía un sexto sentido para las locas fúnebres. Por muy decentes que parecieran o por muy escondidas que estuvieran en el bulto de familiares, él en cuanto les echaba el ojo sabía si estaban a punto de caramelo. Y luego lo demás era rutina: con el cuento de enseñarles a solas la tumba del ser querido si se tranquilizan y se portan bien, se pasó por la piedra a unas cuantas. No solo viudas tembonas como yo creía al principio, también se jamaba uno que otro bomboncito fresco, sobre todo de esas frikicitas puercas que venían a buscar cráneos, huesos y a celebrar sus riticos satánicos entre las tumbas. Y como el Buitre siempre decía que era todos para uno y uno para todos, a veces las compartía.
Yo no entré nunca en ese play: me dan un poco de asco las mujeres manoseadas por otros, prefería gastarme el baro que me buscaba en pagar las de la calle ¿para que sirve si no el dinero? Pero el Buitre sí lo hacía a cada rato y decía que se ponían loquísimas.
Será por la confusión de la pérdida, por las ganas reprimidas o la roña contra el destino injusto, o por esa desesperación que dicen hace que a alguna gente le entren ganas de templar en medio de los ciclones, los incendios y los terremotos.
O a lo mejor nada más que se dejaban emborrachar. Porque el Zambo es más feo que un trabajo voluntario el día que Industriales discute el play-off, si antes ni con las pordioseras se empataba, quién le iba a decir cuando empezó a trabajar en Colón que iba a comer tanto y tan bueno.
Y el Buitre… el Buitre es el Buitre, no es que luciera mal, se veía que había sido un tipo fino, no por gusto casi llega a embajador, pero ya ni con salfumán se le quitaba la peste a difunto, por eso le pusimos así.
Todo el mundo tiene su orgullo, y al Zambo tuvo que joderlo irse en blanco aquella tarde; el caso es que se le quedó grabada la estampa de la flaquita vestida de negro. Por eso cuando la volvió a ver al día siguiente con otro cortejo y en otra tumba distinta se quedó como de piedra.
Esa misma noche nos lo contó. Al principio no le hicimos mucho caso… total, él siempre está haciendo cuentos de luces y aparecidos, como si uno no supiera ni lo que es un fuego fatuo. Claro, cuando lo juró por su madre que está muerta y enterrada aquí mismo entonces sí se lo creímos. Igual el Buitre se encogió de hombros y dijo que a cualquiera se le mueren dos parientes seguidos, como para dejar la cosa ahí sin revolverla más.
Pero el Zambo seguía que no, que no era eso. Sí, ella estaba muy juntita con los parientes, pero ni lloraba ni nada, a él le daba que la moña era otra, y bien rara ¿no sería una necrófila de esas? Y ahí sí nos asustamos, porque si algún familiar descubría un cadáver ultrajado se nos iba a poner el picao malísimo, como hace un año cuando la puñetera Ofensiva Contra el Delito se echó a los que estaban antes que nosotros.
O, peor todavía: ¿y si ella también estaba en la misma lucha que nosotros con los trajes, las prendas y los dientes? Y seguro en combinación con alguien de afuera, las jevas nunca trabajan solas en estas cosas, parece que se impresionan más. Aunque los muertos impresionan a casi todo el mundo, la verdad. Empezando por mí cuando entré. Ahora ya no, ahora los prefiero a los vivos. Apestan, sí, con un olor que se te pega y que no se quita con nada, que lo diga el Buitre si no… pero por lo menos se están quietecitos ahí y no te joden
Ni hablar, no había cama pa´ tanta gente ni cementerio pa´ tanto carroñero. Había que vigilarla de cerca, pa´ cogerla nada más empezara a moverse extraño, en cuanto tratara de fugarse de talla.
Así que le montamos guardia, y enseguida se vió que el Zambo estaba claro: ahí había gato en jaba. La tipa venía todos los días tempranito, con los primeros sepelios de la mañana, al mediodía se apartaba en un rincón a la sombra para comerse un pan y una Tukola que sacaba del bolso, y después seguía dando vueltas de entierro en entierro hasta la hora de cerrar. Pero no se llevaba ni un florero ni un corona, nada de nada, ni volvía nunca a las mismas bóvedas, y eso nos tenía nerviosos, porque no lo entendíamos.
Llegamos a pensar que podía ser de la moná y andar preparando algún operativo, y por si las moscas suspendimos por una semana lo más peligroso, la arrancadera de dientes por la madrugada, aunque ella de noche no estuviera por todo esto.
El Buitre hasta habló de ir a visitar al Combinado a Diosdado, el Administrador que había antes, a ver si sabía algo de aquella tipa, pero la idea se quedó en eso: a nadie le gusta tener avances de lo que sabe que le espera tarde o temprano. Sobre todo si ya ha pasado por ahí, como nosotros.
No fue hasta los quince días que nos dimos cuenta de cuál era su bolá, y fue el Buitre el que se llevó el pase. No por gusto es el Administrador.
La tipa sacaba fotos. A los familiares, a las cajas, a todo. Con una camarita de esas digitales, chiquitica, de las que parecen un juguete pero valen un billete largo. Y no debía tener autorización, licencia o lo que fuera, porque aprovechaba cuando nadie la estaba mirando y hasta entonces disimulando debajo del pañolón.
Ahí nos mordió el sigilio: fiana no era, al clarinete, pero ¿no sería de la Seguridad, que estaba cazando a alguien que lo único que sabían es que no se perdería cierto entierro? Menos mal que el Zambo, que tanta paranoia nos metiera al principio, nos quitó enseguida aquella idea de la cabeza: la gente del Aparato tiene lentes de esos de larga distancia, para vigilar de lejos bien cómodos, y no iban a regalar así de mansa paloma a la misma tipa metida todo el día en el cementerio, que si nosotros la habíamos descubierto cualquiera podía también llevarse el pase y cazarla. Además, si estaban detrás de alguien ¿dónde estaban los prietos karatekas con cuerpo de escaparate para agarrarlo? El Buitre dijo que a lo mejor tenían a alguno con un fusil de mirilla telescópica y yo que quién sabe si flaquita y todo la tipa era cinta negra sexto dan. Pero el Zambo nos mandó a la mierda y dijo que estábamos viendo demasiados videos.
Total, que nos relajamos. Esa misma noche le sacamos cuatro muelas de oro 18 a uno que había sido vicecónsul en no sé qué país africano y no pasó nada. Y antes de tres días también habíamos vuelto a lo de siempre con los trajes y con los zapatos. Que el dinero siempre hace falta, y la calle está dura.
No era robar, no. Robar es robarles a los vivos. Los difuntos no cuentan. Sí, a todo el mundo le gusta enterrar a su gente con lo mejorcito. Pero total, si después de muerto no les sirve para nada y anda tanto cristiano por esta isla sin coba fina ni zapatos que valgan la pena…
Igual con los dientes y las prendas. El Buitre, que estudió y todo, decía que la palabra era reciclar. Yo no decía nada, y al Zambo le daba igual casi cualquier cosa, si a veces hasta se olvidaba de reclamar lo que le toca, lo suyo eran las locas fúnebres y más ná. Tenía siempre unas ganas como si nunca hubiera echado un palo, decía que así flaco y todo como estaba había tenido días de cinco o hasta seis. A veces lo jodíamos con que cuando estaba en el tanque fue cantimplora, por eso el empeño en recuperar el tiempo perdido como hombre, pero él se ponía serio y agarraba la pala con tanta roña que enseguida cambiábamos el tema. Porque todo el mundo tiene sus secretos y con ciertas cosas no se juega.
Ella siguió viniendo. Le pusimos la Fotógrafa y nos acostumbramos a ella, igual que nos acostumbramos al molote que hay siempre en la tumba de la Milagrosa o a los extranjeros que siempre querían ver la tumba con el doble tres del dominó. Vive y deja vivir. Marineros somos y en el mar andamos. Ella no nos molestaba, nosotros no nos metíamos con ella. El único que todavía la rondaba era el Zambo. Eso sí, miraditas nada más, pero sin hablar ni tocar, que fue por violación que cayó adentro hace quince años.
Y ella, siempre como si él no existiera.
Yo… bueno, nos cruzamos unas cuantas veces. Le gustaba almorzar sentada en las gradas del monumento a los bomberos, y a mí echar la siesta en el bancón de que hay por atrás, que tiene buena sombra y es de mármol fresquito. Pero igual ni palabra.
Hasta lo de la Funeraria. Era un lunes, y el primer entierro el de la madre de una mulata que estaba casada con un italiano de billete, pero faltaban algunas coronas. Armaron tremendo berrinche, llamaron al Administrador y todo. El Buitre llegó muy serio, empapado en colonia para que no se le notara demasiado el tufo a cadáver como hace siempre que tiene que tratar con gente bien, y trató de darles vaselina, compañeros, no es responsabilidad nuestra, lo sentimos mucho y todo eso… Tenía labia el cabrón, sí.
Pero la mulata y el italiano no entendían, así que cuando amenazaron con policía y juicio el Buitre se aconsejó y me mandó con la moto a la funeraria a ver qué coño pasaba con las puñeteras coronas.
Fui que más rápido ni en helicóptero. Aunque no me habían dicho ni dónde velaron a la vieja, yo fui derechito a ver al gordo Cadalso, el de la Capilla 2. Si hay alguien capaz de robarle los huesos a un muerto y vendérselos como abono a su viuda, es ese jabao panzón. Hasta vendía a cinco pesos los nombres de los muertos que estaban velando a la gente que esperaba para entrar al otro día en la Oficina de Intereses, hace años, cuando tenías que conocer hasta el apellido del tipo del velorio o no podías ni quedarte a dormir en los sillones de las capillas.
Lo malo que aunque le sabía un mundo a todas las trampas, Cadalso no tenía luz larga, no sabía pensar en grande. Por eso es que sigue donde está, y mira que lleva años ahí. El Buitre siempre le decía que se cuidara al caminar, que si se caía se moría de hambre, porque ni para comer hierba le daba esa guata que tiene en vez de cerebro, y el muy comemierda se reía sacudiendo la barriga y todo como si fuera una gracia.
Claro que había sido él el que enmarañó las coronas. Le bajé todo el play y las aflojó, aunque de mala gana. Pero ya se sabe que con los extranjeros no se juega, si llegan a poner una queja a nivel de embajada nos zumban una Auditoría y a cagar pelos nosotros y él.
Eran como las 7 de la mañana y no había un alma en toda Calzada y K. Se lo comenté a Cadalso cuando me estaba ayudando a montar las coronas en la moto y él se rió, secándose el sudor, porque sudaba como un puerco ese jabao:
-Sí, esto siempre está tranquilito a esta hora, hasta la Fotógrafa se fue hace un rato, seguro que a bañarse.
Me quedé frío, sin habla. Y como quien no quiere la cosa, le pregunté quién era esa. ¿No sería una trigueñita flaquita, siempre vestida de negro, con un pañuelo en la cabeza…?
Ella misma era. Resulta que noche tras noche iba allá, y también a tirar fotos medio escondida, la mayor parte de la gente ni se llevaba el pase. Para el jabao gordo era un loca más, pero como estaba limpia y no se metía con nadie ni armaba escándalo, a veces hasta le guardaba café. ¿Qué desde cuándo estaba viniendo? A ver… y sacó cuentas con los dedos: él llevaba como ocho años en Calzada y K, y antes estuvo Toribio, que dice que ya iba, así que por lo menos desde el 95…
¿Diez años? Ahí fue cuando se me metió entre tarro y tarro hablar con ella.
Mirando pa´ atrás ahora ni sé bien por qué fue. Desde que salí del Combinado había tenido mis cositas, claro, que uno es hombre y después de dos años sin mujer las ganas halan, pero ni me pasó por la cabeza ajuntarme en serio con ninguna… todavía es y tengo demasiado fresco lo de Claudia, cabrona hija e´puta.
Pero aquella flaquita me intrigaba. La esperé un viernes por la tarde. Cuando salía, tiré el cigarro todavía por la mitad y le solté a bocajarro: -Hola. Tengo que hablar contigo. A mí me dicen…
-… el Puya- completó ella, mirándome a los ojos. Los suyos eran grandes, castaños y como mojados. Raros, pero no feos. No sé cómo no me había fijado antes. –y trabajas aquí de sepulturero hace como un año. ¿Quieres venir a mi casa?
Así, de carretilla. La tipa difícil del cementerio ¿se me estaba regalando, a mí? El Zambo no hubiera aceptado, decía que ya estaba enviciado, que fuera de Colón no se le paraba el tareco ni con Julia Roberts. El Buitre tampoco: él no iba a casa de nadie desde el machetazo que le dieron en el barrio del Canal. Lo cazaron dormido en casa de una puta que iba a ver a cada rato y no pudo ni denunciar a nadie porque había María Juana de por medio.
Pero yo acepté. El que no la debe no la teme. O el que se la debe a todo el mundo ya todo le da igual.
Fuimos caminando y no hablamos mucho. Sobre todo ella. Le pregunté si sabía por qué me decían el Puya. Dijo que se lo imaginaba, pero que no le importaba, y aquello me gustó. Qué por qué me estaba llevando a su casa si acababa de conocerme, que si no tenía miedo de que la asaltara, la violara o algo así, y ni siquiera me respondió, lo que hizo fue encoger los hombros como si tampoco le importara.
O a lo mejor es que se fiaba de mí. El mismo Buitre decía todo el tiempo que mi cara inspiraba confianza, que parezco buena gente, incapaz de matar a una mosca. Eso también debía pensar Claudia, y por eso quiso joderme la muy singá… y bien caro que le costó.
Vivía por Paseo y 17, en un pasillito metío pa´dentro. La Habana ya no es lo que era, hasta El Vedado se está llenando de solares y cuarterías. El Buitre siempre estaba conque la culpa es de los orientales que no se quedan en su tierra, y ahí mismo saltaba el Zambo que él no volvía pa´ Contramaestre ni aunque le dieran candela, que allá el único futuro que tenía era como bestia de carga, por eso vino para La Poma, para ser persona.
-No te fijes en el reguero-dijo ella cuando abría la puerta del cuartito. Todas las mujeres que he conocido dicen lo mismo cuando te invitan por primera vez a su casa. Claudia también.
Encendió la luz.
En lo último que se me hubiera ocurrido fijarme era en el reguero. El cuartito no era nada del otro mundo, de esos de puntal alto pero chiquitico, no sé por qué no habría hecho una barbacoa si a duras penas cabían la cama, un escaparatito desflecado y una mesa con dos sillas. Ni cómoda ni espejo ni nada. La puerta por la que entramos y una sola ventana.
Y las fotos. Muchas fotos. Nunca había visto tantas fotos juntas.
Todas de gente en el cementerio, o en la funeraria. Los vivos vestidos de negro o normal pero serio, con caras largas, llorosos y con pañuelos. Dándose balance en los sillones de la Funeraria. De pie en tristes grupos familiares al lado del panteón. Caminando detrás del carro con el ataúd.
Y los muertos con los ojos cerrados, tranquilos, bocaarriba, con esa tranquilidad y esa dignidad que parece que tienen todos aunque en la vida a lo mejor hayan sido unos locos histéricos.
Pero cada rincón de las cuatro paredes estaba lleno de fotos. Las había amarillas de puro viejas, en blanco y negro, en colores azules como esas que se tiraban con los rollos Orwo, recientes y brillosas, digitales impresas en computadora. También dos o tres páginas de revistas, y de periódicos, las más amarillas de todas.
Eran tantas que se montaban unas encima de las otras, medio tapándose, que parecía como si quisieran trepar hasta lo alto, hasta el techo. Y en dos o tres partes casi lo alcanzaban.
Ella se había sentado en la cama, con las piernas muy juntas, seria, como esperando a que yo terminara de vacilar su casa.
-¿Estás preparando una exposición o son familia tuya? –le pregunté por decir algo y nada más abrir la boca supe que era una pregunta imbécil, pero ya estaba hecha.
Ella se levantó y acarició algunas fotos, casi con cariño, sin contestarme. Luego abrió el escaparate de un tirón. Había varias cámaras, desde una Zenith rusa de las viejas hasta otra grandísima, no sé si Canon o Pentax, que se veía que era buena, de las que cuestan un ojo de la cara.
-Yo tú no le enseñaría ese tesoro al primero que viene a tu casa- se me ocurrió decirle, y de nuevo sentí que estaba hablando mierda- cualquiera te da un trastazo por llevarse esos hierros, se ve que valen lo suyo.
Nada. Como si hablara con la gente de las fotos. Se me quedó mirando, fijo, con aquellos ojos mojados, enormes, un rato que me pareció interminable, y al fin suspiró y se quitó el pañuelo de la cabeza y se soltó el pelo. Lo tenía hasta los hombros, gordo y negrísimo, como las mulatas achinadas, pero salpicado aquí y allá de canas.
-Qué desastre de ama de casa soy, no tengo ni café para brindarte- volvió a sentarse en la cama, sonrió, y era como una sonrisa vista a través de tela de mosquitero: lejana, opaca –la verdad es que nunca como aquí, ya ves que ni fogón ni refrigerador tengo.
-No vine a tomar café- fue lo único que pude decir. Estaba incómodo y me entraron ganas de irme; es más, de no haber ido nunca allá con ella.
Pero a lo hecho, pecho.
-Ya sé a qué viniste- suspiró ella, y se abrió de un tirón la blusa negra. Un botón saltó y rodó debajo de la cama. No usaba ajustadores, ni los necesitaba. El gordo Cadalso tenía más tetas que ella.
El Buitre siempre estaba jodiendo con aquello que una novia sin tetas más que novia es un amigo. Pero ella no era mi novia, y además tenía los pezones y las aureolas grandes y casi morados de tan oscuros.
Me zafé el cinto.
No fue un gran palo. No me acuerdo muy bien, o a lo mejor no quiero acordarme. Nada de esas locuras que se pasaba la vida contando el Zambo, de tipas con el chocho afeitado que te la maman con tantas ganas que se mete la sábana por el culo, que daban el culo hasta sin que se lo pidieras y se venían 5 ó 6 veces antes de dejarte medio seco. El Buitre decía que era verdad, pero a lo mejor lo que el Zambo había visto demasiados pellejos y se le habían subido a la cabeza.
No. Ella era flaquita y ni siquiera se quitó toda la ropa. Tampoco se movía mucho, ni sudaba, ni gritaba ni arañaba. Solo estaba ahí, cerró los ojos y se dejó. A lo mejor fue por eso mismo que me demoré tanto.
Cuando acabamos encendí un cigarro y me quedé fumando acostado, como en las películas.
-¿Y ahora? – dije, pero estaba hablando conmigo mismo.
-Ahora, lo que sea- contestó ella, bajito, y se acurrucó en la cama, lejos de mí.
Le solté la pregunta de los 64 000: -Dime ¿por qué todas esas fotos? Todas las noches en la funeraria, todos los días en el cementerio… ¿cuándo duermes? ¿No trabajas? ¿Tu familia te manda dinero?
-No duermo. No trabajo. No tengo familia- dijo ella. Se levantó y empezó a vestirse –Y tú mejor te vas. No eres lo que yo creía, Puya.
Aquello me puso frenético. Me jode que la gente espere cosas de mí sin decírmelas. La cogí por el brazo y la sacudí, gritándole:
-¿Y qué cojones esperabas? ¿Qué te partiera el hígado, te dejara tirada y me fuera con todas tus cámaras?
No se resistió. Sonreía.
Era el colmo. La solté y me vestí sin decir nada, encabronado. Ninguna mujer iba a volver a jugar conmigo, nunca. Lo juré aquel día con cada uno de los quince punzonazos que le di a Claudia por echarme pa´lante.
Cuando ya iba a salir, con la mano en la puerta, me fijé en un recorte de periódico enmarcado, encima de la cerradura, Solo, sin más fotos alrededor.
Estaba en inglés, y yo no entiendo mucho el idioma de los yumas. Nada más que pude reconocer la palabra “balseros” que estaba en español. Pero había dos fotos.
Una era de esas clásicas de familia, con hombres y mujeres bien vestidos alrededor de una mesa con un cake. Una niña de nueve o diez años soplando las velitas. En la otra la misma niña llorando y dos policías rubios y enormes con gafas oscuras llevándola cogida de las manos.
La niña era flaca y trigueña, con ojos grandes y mojados.
Entonces entendí por qué sacaba todas aquellas fotos.
¿Qué se dice en esos casos? Nada sirve de alivio, ni de consuelo, ni de nada.
Pero por lo menos lo intenté: –Disculpa. No sabía…
-Elián tuvo suerte después de todo- dijo ella como disculpándose –Por lo menos la madre y la abuela se quedaron aquí.
-¿Cuándo fue? ¿Solo te salvaste tú?- pregunté, muy bajito.
-Toda la familia. Se fueron cayendo uno a uno, la última mi madre, después de amarrarme a la balsa. Estuve tres días sola en el mar hasta que me recogió el Coast Guard. En el 84- suspiró –Como no quedó nadie en Cuba para reclamarme, me dieron la ciudadanía inmediatamente. Y en el 95, cuando cumplí los 21, pedí repatriación. Aquello no era para mí. Pero esto…
-Esto ya tampoco ¿no?- completé la idea.
-Es como si me hubiera quedado para siempre en el mar, entre Cuba y la Florida, sin llegar a ninguna parte. La vida es una mierda ¿no?- se volvió a sentar y de pronto me dijo, casi con furia –Llévate una cámara si te da la gana, pero si no te vas ahora mismo me pongo a gritar.
Estiré la mano, agarre la primera cámara que vi y salí. ¿Qué más iba a hacer?
Mi mala suerte suerte de siempre. Tenía que ser la Zenith. No pude sacarle ni 10 fulas.
Después nos cruzamos varias veces en Colón. Sin hablarnos, como si no nos conociéramos, como si aquella noche nunca hubiera existido.
Tres meses más tarde dejé la pincha de sepulturero y me fui a trabajar haciendo pizzas con un vecino de mi tía. Muy a tiempo: al Buitre y al Zambo los cogieron como a la semana de yo irme. No hay busca que dure para siempre ni luchador tan cabrón que nunca lo agarren. Les echaron como 10 años, 15 al Buitre por ser el Administraidor.
Hace poco oí que habían violado y matado a una tipa que tiraba fotos en el cementerio. Pensé que podía ser ella y no supe si llorar o alegrarme. Pero como nunca me dijo su nombre, y de todas formas aquí esas cosas nunca salen en los periódicos ni en el noticiero, no puedo estar seguro.
Lo de las pizzas también explotó, ahora estoy pedaleando en un bicitaxi por el Barrio Chino. Se ganan sus faos, pero todas las noches llego con las piernas hinchadas.
La vida será una mierda, pero es lo único que hay. El presente, seguir tirando. A veces me gustaría volver a encontrármela, para poder decírselo.
Donación, de Alejandro Zamora
Los cuerdos, de Lourdes González Herrero
Esta escena es el centro de la atención. El espacio que la rodea está lleno de personas con rostros anhelantes y manos como visores para mirar mejor, para saber en qué acabará todo.
Una mujer de aproximadamente cincuenta años, ávida, empuja a su hija porque: No puedo ver bien, córrete para allá. La hija se toca la amapola sintética que lleva en el pelo y hace una mueca dirigida a su madre que ya se está acercando al círculo donde Él farfulla: Este que está aquí conoce a los como tú, este que está aquí, sabe. El joven lo hala por el brazo que levanta el tubo, lo arrincona contra un tanque de basura, al tiempo en que un hombre mediano, de pelo amarillo ilegítimo, dientes careados y botas, lo conmina a Él a no meterse más con nadie, porque: Te va a pesar, te va a pesar.
En ese momento viene por la calle una bicicleta manejada por dos adolescentes, el de atrás pedalea y el de alante lleva el timón. Al pasar junto al grupo, chiflan, con los dedos metidos en las bocas. Es inaguantable el sonido, y por eso se ríen mientras lanzan una lata vacía de cerveza que da justo en la cabeza de Él, cae fuera del tanque, rodando hasta los pies de una joven vestida con licra azul fosforescente, que al verlo ir corriendo a recogerla, le ordena: ¡Vete de mi acera, sinvergüenza!, ¡ponte a trabajar, que es lo que a ti te hace falta!
Aumenta el número de personas y cada vez es menor la distancia entre unos y otros. Él está visiblemente asustado, no opone mucha resistencia cuando el joven lo coge con fuerza y lo sienta en el borde de la acera. Sus pies descalzos se llenan de fango en el contén, provocando una imagen que asquea a la anciana que pasa, se persigna y escupe horrorizada de: Este hombre que no tiene moral, mira que andar así por la calle, llamando la atención.
Dos niños forcejean para quitarle a un tercero el mango maduro que lleva con cuidado. Corren, se empujan, forcejean, se agachan, se hablan al oído, y finalmente tiran el codiciado mango que explota en la espalda desnuda de Él, como una piedra. De inmediato se escuchan varias voces gritándole a los niños, no por haberle pegado, sino por andar jugando en este momento en que hay que poner orden en las cosas. La madre del lanzador del mango lo señala a Él, amenazadora, con su dedo índice de uña escarlata, y le dice al hijo: Mira en lo que te vas a convertir si sigues tirando cosas. En cambio, la madre del dueño del mango coge al suyo por una oreja y le anuncia: Ese es el hombre malo del saco que vino para llevarte, así que, ¡a la casa!, ¡rápido!
Él se pasa las manos por la espalda y se mete los dedos en la boca, llenos de jugo de mango. Algo que no puede soportar la muchacha de la amapola sintética que arquea y, sin reponerse, grita: ¡Churroso, eres un churroso!
El joven vuelve a tratar de imponerse: Voy a llamar a la policía para que se lo lleve al calabozo, lo voy a hacer, no puede estarse paseando por aquí sin más ni más. Él empieza a llorar, compungido ante el cada vez más nutrido grupo que lo observa con desprecio.
Lo voy a llevar yo mismo a la policía, vamos, ¡párese! Se para. El joven saca un periódico de su bolsillo, lo enrolla, y le da unos leves azotes: Camine, camine, que me ha hecho perder ya dos horas.
Echan a andar por la acera del sol. Un hombre, entrado en años, los intercepta admonitorio: Yo no sé para qué usted, que se ve que es un muchacho decente, se hace cargo de llevar a este a ningún lado; mírelo, mírelo, ¿no le da asco?, yo usted lo dejaba tirado por ahí, con las patas en el fango, es lo que se merece; óigame, uno no puede desgastarse en la vida tratando de controlar a un loco, créame, se lo digo por su bien.
¡Tiene razón!, ¡tiene razón! Dicen varios de los presentes. ¡Déjelo!, ¡se va a llenar de mugre llevándolo para la estación!
El chofer de un carro que ha tenido que detenerse porque el grupo no lo deja pasar, pone el dedo en el claxon y lo hace sonar sin interrupción. Es un ruido más insoportable aún que el chiflar de los bicicleteros, por eso lo mandan a dejar el claxon tranquilo: Deje esa mierda tranquila, ¿qué se cree?, ¿que somos sordos? Por aquí no puede pasar ahora, y punto, ¿o hay que darle explicaciones?
El chofer pierde los estribos, se baja y abre el maletero, sacando una llave larguísima con la que amenaza a todos: A ver, ¿quién dice que no puedo pasar?, a ver, a ver, que dé la cara y lo repita aquí frente a mí.
La gorda que anda con el chofer se baja del carro y trata de aplacarlo, pero se percata de que tiene razón cuando oye al viejo samaritano y a la mamá de la muchacha que arquea, vociferando: ¡Qué clase de equivocado este tipo!, ¡nada más hay que mirarlo para saber que es un guapetón!, ¡un vive bien es lo que parece!
El chofer y la mujer se acercan y empiezan a manotearles en la cara hasta que la cincuentona le da un empujón a la gorda. La hija, aludida por semejante acción, la emprende a empujones con el chofer hasta que se da cuenta de que ha perdido su flor plástica y se agacha a buscarla.
El rubio de los dientes careados piensa que ya es bastante con lo que ha visto, y trata de aplacar los ánimos dando cobas y aclarando que todos están allí por culpa de Él.
Las atenciones vuelven a centrarse en quien, parado en la acera con su guía, sólo atina a meterse los dedos en la nariz y sonreír. El joven que lo conduce desaprueba que se meta el dedo en la nariz, le coge el brazo con fuerza, torciéndoselo hacia atrás. La cara muestra dolor y la boca se curva en una mueca que deja ver los cascajos de sus muelas.
En ese instante, una niña de siete años se acerca y le sonríe alegre, dispuesta a tomarle una mano. Un grito unánime recorre la zona donde permanecen expectantes y agrupadas muchas personas. ¡Noooo, niña, no toques eso! ¡No se te ocurra tocaaaaaaaaarlo! ¡Dios mío, lo va a tooooocar!
Pero el joven le aclara a la niña, con modales apacibles: No, mi niña, eso no se toca, puedes coger bacterias y después te daría fiebre alta y se te pondrían muy rojas las manos, hinchadas, vete a saludar a una persona buena, anda, mi niña, anda. Y tú, camina, que la estación de policía queda a varias cuadras.
La niña mira al joven con ojos asustados y se va corriendo, a punto de llorar.
Prosiguen las dos figuras avanzando por la acera. Él con cierta torpeza y pesadumbre; el joven con marcha decidida y rostro impasible.
A su paso, algunos de los espectadores lanzan gritos jubilosos: ¡Llévalo! ¡Que lo encierren! ¡Menos mal que se lo llevan al calabozo! ¡Tres electroshock es lo que hay que darle! ¡Y un buen baño con salfumán!
Otros discuten todavía un buen puesto para verlos caminar, para mirar bien de cerca: A ese tarado que nos hace la vida imposible. Para no perderse ningún gesto de: El antipático que vino a perturbarnos, del desastre humano al que le vendrá muy bien un rato de cárcel.
Él agacha la cabeza. Parece confundido, pero aún tiene ánimo para mirarlos a todos y dedicarles una babeante sonrisa.
Contexto para entender la desesperación, de Lourdes González Herrero
Los lectores y los autores están igualmente desesperados. Hoy fui a una librería en la que dos vendedores sostenían una ácida discusión que me interesó, se trataba de un libro recién publicado, pero ninguno de los dos pronunciaba su título.
Me hice la distraída andando de un estante al otro. Uno de ellos impugnaba: No se puede leer, no se entiende de qué trata, si tú lo leíste y te gustó debes revisarte con un siquiatra.
El otro lo miraba desafiante, parecía dispuesto a pasar a la acción.
Me hubiera gustado ver cómo dos lectores se podían propinar golpes por un libro, pero el atacador se controló, el otro fue bajando la guardia física, la calma aparente se instalaba cuando la señora que hacía los cobros encendió de nuevo la cuestión señalando que el libro es una verdadera porquería, poniéndose por tanto de parte del primer vendedor que ahora, apoyado por otra opinión, se irguió para dejar bien claro que las chusmerías y los relajos no son signos de calidad en una obra. A esto le siguió el ruido
Yo cogí
De cualquier forma, volvió a sentirse en la librería esa quietud propia de los espacios llenos de arte. La misma que se percibe en los museos y en los teatros. Pero se trataba sólo de un receso, a la vuelta estaba el vendedor enfurecido, esta vez para decir en voz muy alta que ninguno de los dos sabe leer de verdad, porque son una pareja de mediocres que no ven más allá de las cosas. Entonces el núcleo se formó justo al lado de mí, y no me quedó más remedio que mirarlos para no parecer sorda. La señora de los cobros agitaba su melena lacia al impugnar su derecho a leer lo que me dé la gana, quién eres tú para catalogarme si ni siquiera estás evaluado de librero. Parece que no cabía ahí el recurso
La señora de los cobros tosió enderezándose un poco. El primer vendedor que habló fue el mismo que salió a coger aire. Me dijo algo que no puedo recordar en su totalidad, pero estoy segura de que incluía las palabras mi compañera de criterios, la que sabe leer, la que no quiere dejarse llevar por malas opiniones. Todas en suave y cariñosa dicción. El otro vendedor comenzó a reírse con grandes y ruidosas carcajadas que le hicieron perder el equilibrio y doblarse sobre
Vendedor 1. Usted estaba allí, apoyándome en silencio, y eso es algo que mucho le agradezco. Diga por favor a estos dos compañeros que ese libro marca una manera nueva de contar, que cuando es necesario escribir, y perdone, la palabra pinga, se escribe, porque lo importante es salvar al personaje de una falsa orientación. Dígaselo para ver si al fin entienden que la literatura es la vida.
Vendedor 2. No pierda usted su tiempo con nosotros, que valoramos los libros según nuestros gustos, y no
Señora de los cobros. Mire, yo sé que todo esto le parece innecesario, y lo es si al final usted se lleva el libro, pero si al contrario lo deja tranquilo en su estante, nosotros podemos decir que hemos evitado la divulgación de un título que nunca debió publicarse, porque ¡óigame!, hay que ver lo que se dice ahí y lo que se deja sin decir, que las dos cosas son importantes.
A mí, por supuesto, nunca me dieron la palabra. Pero, poco a poco, me había ido interesando en el libro, y los miraba tratando de ver la posible sinceridad de aquellos rostros conmovidos. Los tres me parecían espontáneos. Los tres me parecían exagerados. Pensé entonces en la terrible búsqueda de los escritores y de los lectores, y en ese soportar la incertidumbre que tanto he tenido que experimentar. Fue cuando decidí hacerles tres preguntas básicas: ¿Qué les molesta
Las respuestas fueron rotundas, a la primera mis supuestos adversarios contestaron que les molestaba la nueva onda esa de escribir cualquier porquería sexual y decir que era un libro. En la segunda respuesta había mucha profesionalidad:
No había nada qué hacer. Nada que añadir. Tenían bien clara su misión en la librería, y a pesar de que yo consideraba sus reacciones
A mi lado, con las páginas cerradas, está el libro que protagonizó una mañana clara de agosto, esperando su turno para reingresar en otra librería que acepte los usos literarios, y los abusos. Es la desesperada situación que ofrecen
Decálogo del año cero, de Orlando Luis Pardo Lazo
Anatema de la ciudad, de Johan Moya Ramis
Hay una explicación sobre el hacha manchada de sangre y el cadáver. Usted quiere escucharla. Si no ¿para qué me han traído aquí? No debe preocuparse por mi sinceridad ya que no voy a omitir nada. A su pregunta de si soy el dueño del hacha. Le contesto que si, lo soy. Antes de comenzar quiero que sepa que no me molesta la condición de sospechoso, ya que en el fondo es una constante universal a la que todos estamos sometidos. Pero no se confunda, no soy un criminal en el sentido estricto de la palabra. Un criminal esta obcecado por una idea fija hasta llevarla a cabo, y no es mi caso. A propósito, ¿me puede decir la hora?... gracias.
Puedo comenzar diciendo que el origen del hacha fue la ciudad, sabe. La ciudad es el laberinto donde el hombre se pierde. De niño caminaba en ella y siempre había cierto pánico o sospecha de pánico. Nadie puede prever lo que ocurrirá al doblar una esquina. ¿Nunca ha caminado por una calle desierta o repleta a cualquier hora? Es una sensación inquietante. Recuerdo la tarde en que me tropecé con aquel sujeto. Yo tenía unos nueve años, regresaba a casa de la escuela más temprano de lo habitual. Me crucé con él en una calle estrecha y vacía. Pasé por su lado y lo dejé atrás. Entonces sentí como sus pasos se detuvieron un instante para luego escucharlos tras de mi. Crucé la calle y él hizo lo mismo. Comenzó a seguirme. Yo no me atreví a mirar hacia atrás. El sonido de sus pasos a mi espalda me oprimía el pecho. Cuando sentí que casi tocaba mi hombro eché a correr. ¿Sabe lo que hizo mi perseguidor entonces? Reírse, aun recuerdo sus carcajadas, y su voz terrible que gritaba una sola palabra “Cobarde”. La repetía una y otra vez, hasta que en mí huida fue quedando atrás. Quise encontrar a un policía pero no lo hallé. Caminé a casa desconcertado. Al llegar, vomité y perdí el conocimiento. ¿En verdad era yo un cobarde? Ese día comprendí que en la cuidad todo está previsto y ajustado; la barbarie ocasional no viene a turbar su armonía.
Por otro lado estaba la contradicción de las noticias. Desde niño el noticiero marcaba la vida en nuestro hogar, el tiempo se detenía en casa cuando se escuchaba la música que lo anunciaba. Era la señal de que todos debíamos marchar a la sala, escuchar y ver. Entonces me exasperaba. En las noticias se decía que en la ciudad todo estaba bien. Que era un lugar hermoso. Las cámaras de televisión siempre exhibían gente con amplias sonrisas. Todos optimistas, eufóricos de dicha. Yo discutía sobre eso con mi familia, pero en casa estaba prohibido hablar contra las noticias, y menos entrar en contradicción con la ideología de la ciudad. Para ellos la ciudad era hermosa en toda forma y contenido, aunque cuando fui creciendo me di cuenta que los criterios de mi familia eran solo una pose. En su fuero interno odiaban la ciudad, pero al mismo tiempo le temían y no se revelaban contra ella y en medio de ese temor se mecían en ellos doctrinas y mentiras ocultas.
No se impaciente , si le narro todo esto es para que usted tenga una visión completa del asunto que tanto le interesa sobre el hacha manchada de sangre en mi mochila.
Fue a los quince años que comencé a pensar en el hacha. ¿De donde surgió la idea? Bueno, de la literatura, sabe. La literatura y la música me mantuvieron a salvo de la ciudad. Aunque sabía que era una falsa paz. Porque tenía la sospecha que algún día la zona muerta de la urbe terminaría tragándome para hacerme pagar mi rebeldía, y la prueba de ello es que estoy aquí. Pues le decía que fue la literatura, una novela rusa, no me pregunte cual, no retengo mucho los nombres. Mi memoria solo recoge escenas, melodías, sonidos e intensidades. En esa novela un joven decide ir contra la opresión de la ciudad, estar por encima de su estado permanente, alzarse sobre las normas que se consumen en ella. No puede imaginar cuanto me emocioné al leer aquello, aunque reconozco que al final mi héroe se me ablandó un poco al verlo arrepentido de su obra sublime a los pies de una prostituta. Muchos dicen que fue el amor o el arrepentimiento lo que llevó a mi decepcionante ídolo a ese estado. Pero fue su ciudad, es la ciudad, que se traga vivo a sus moradores sin que ellos se den cuenta. ¿No lo cree usted así, ? Mire se lo voy a ilustrar.
En el preuniversitario conocí a una chica, su nombre es el uno de los pocos que ha retenido mi memoria. Decía un filósofo que más allá de la existencia bruta, todas las fuerzas múltiples que dan una fisonomía al mundo, las debemos a la desdicha, y es cierto. Gracias a un recuerdo incurable nunca olvidé ese nombre. Jane, se llamaba Jane. Yo le puse Baby Jane, como aquella canción de los 80. Aunque ella nunca supo que yo le decía así. Era una muchacha bella. Recuerdo el día que dejé en su puesto del aula un poema. Miró la hoja como si fuese un bicho raro y soltó una carcajada tonta. Esa era la manera más cordial de burlarse de lo que no tenía nada que ver con ella. Un día la invité a salir y ella aceptó. Mientras caminábamos en silencio, yo pensaba en decirle cosas profundas, definitivas. Pero el sonido del claxon de un auto interrumpió el hilo de mis pensamientos. Era un auto moderno, rojo metálico. Un individuo joven, apuesto, sacó la cabeza por la ventanilla del chofer y la llamó cariñosamente por un nombre que yo desconocía. Ella se volteó. Su rostro estaba iluminado. Comprendí que yo había sido una alternativa de segunda mano. Se disculpó con fingida amabilidad y se introdujo en el auto. En la salida, la rueda pasó sobre un charco y me salpicó. Ellos rieron. Miré a mí alrededor y sentí que todo en la cuidad me hablaba: las calles, los edificios, las casas, la gente, la gente… todo adquirió un soberbio matiz a mierda. ¡Ah!, la ciudad…
Usted puede pensar, que esta historia es irrelevante, una exageración ante una decepción amorosa. Si todo hubiese concluido ahí, estaría de acuerdo con usted, pero no. Hubo más.
Después de lo sucedido comencé a andar sin rumbo fijo, a paso entrecortado, sin entendimiento alguno, solo con leves cortocircuitos del reflejo, intentando divorciar la mente del cuerpo, mientras mi cabeza divagaba en medio de una balanza de probabilidades. Como por ejemplo: enumerar las veces que pude haber cambiado el curso de mi vida y entrar en el camino de las grandes adquisiciones materiales, incluyendo un auto rojo metálico. ¿Cuantas oportunidades tuve? Muchas. No muy dignas de acuerdo con la moral de la ciudad, pero las tuve y las deseché. Mi elección había sido otra: las letras, la construcción de historias, las malas noches, las tertulias literarias, los amores fugaces, ir al cine como un demente y vivir historias ajenas. Sin embargo, en ese instante, la elección dolía y lo peor no fue eso. , la ciudad es la confusión que esconde su propio caos en un juego sucio, y nosotros somos sus piezas fundamentales. Pero aun no lo entendía cuando mis pasos extraviados encontraron el auto rojo metálico en el parqueo de uno de esos grandes restaurantes. Sí, la ciudad puede llegar a ser una ruleta rusa, la ironía del destino hecha circunstancia. Ya era de noche. Al ver aquello sospeché que estaba atrapado en un callejón sin salida, imagen que casi siempre es la justificación premeditada de los audaces infelices.
El parqueo se encontraba en un sitio poco iluminado. La fachada del restaurante era de vidrieras que permitían observar el interior desde la calle. Los vi. Ella sonreía y se llevaba una copa a los labios y el tipo del auto la miraba, convencido de que todo iba bien. Se inclinó sobre ella y la besó, besó aquellos labios que aun hoy me perturban. Estuve un rato allí, observándolos. Luego se levantaron para salir. De forma instintiva retrocedí hasta una calle oscura, sin cuestionarme el desprecio que se había ido fermentando en mi pecho.
Salieron en dirección al estacionamiento. Entonces pensé en el hacha. Sentí sed del hacha. Su idea se impuso, pero era solo una idea, mi mochila estaba vacía. No puede saberse lo que un hombre debe perder por el valor de pisotear todas las convenciones morales. En mi cabeza había una voz, era una voz sin cuerpo, era la voz de la ciudad que geometrizaba su laberinto para envolverme en sus redes. Pero primero debía mostrarme sus entrañas en una súbita apoteosis.
Cuatro individuos aparecieron. Pasaron a escasos metros del sitio en que me ocultaba sin advertir mi presencia, los vi de perfil. Iban a toda velocidad en dirección al parqueo. Armados. Rodearon a la pareja justo cuando entraban al auto. Todo fue muy rápido. Forcejeo, armas blancas, un grito ahogado sin resuello. El auto arrancó con los cuatro adentro. Él y ella quedaron tendidos sobre el suelo. Él no se movía, pero ella… ella aun si. Sus manos temblaban, su boca se abría e intentaba articular un grito que no pasaba de un leve gemido. Miré al interior del restaurante. Nadie se había dado cuenta. El vecindario era silencioso, aristócrata, de los que viven a puertas cerradas. ¡Ah! la ideología de la ciudad. Me sentí derrotado antes de emprender cualquier intento de auxilio. Retrocedí por la misma calle. Ya alejado del lugar, me sentí más tranquilo y más miserable. ¿La conciencia dice usted? La conciencia es contemplar el ir y venir de lo que ya no tiene remedio, Además, el espíritu de la ciudad se cerraba sobre mi garganta. ¿Entiende? Fue después de aquello que comencé a andar con el hacha en mi mochila. No se si lo hice por temor o por valentía, nunca se sabe si se requiere ser un verdadero cobarde para aniquilar a otro o si se es valiente al estar por encima de toda convención moral. Dos sentimientos se acunaron dentro de mí, uno: que podía ser el blanco de acontecimientos hostiles en cualquier circunstancia, hora o lugar, el otro: de solo acariciar la idea del hacha me sentí un valeroso fanfarrón que podía abrazar la amenaza y huir hacia el peligro. La única conclusión posible era que mi lucha no era contra carne y sangre sino contra las potestades de la ciudad.
A lo veinte años comencé a vivir solo. Mi nuevo apartamento tenía lo imprescindible: un sofá, una butaca, una mesa, una silla, una cama, todo lo demás estaba destinado a los libros y la música, y en un lugar de la pared, un estante adecuado solo para el hacha. Quise prescindir del televisor, sin embargo no pude, y todo por el maldito habito de escuchar el noticiero. Era una especie de adicción irresistible. Pero creo haber logrado subvertir su efecto, claro que lo hice. No le prestaba tanta atención a lo que decían sino a lo que callaban. Aprendí a leer e interpretar entre líneas lo que los locutores hablaban. Se sorprendería si le contara lo que muchas veces saqué en limpio.
No se apure , ya vamos llegando a donde usted desea. ¿Me puede decir la hora por favor? Disculpe que le insista, pero es importante. Ya verá.
Fue durante un día lluvioso donde conocí a la chica. Desde hacía una semana la ciudad estaba gris de tanta lluvia, se parecía a Londres, salvo por el sofocante calor. Son los días donde la gente siente el peso opresivo de la urbe y quedan atrapados en la ambigua forma de su arquitectura. Antiguamente se decía que la ciudad estaba rodeada de murallas, pero los muros continúan ahí. Nadie los ve, pero la gente los padece. Días donde las mujeres examinan la hoja de los cuchillos y observan el cuello o los testículos de sus esposos. Donde nace la idea de la zancadilla al impertinente anciano escaleras abajo. Sin sospecharlo, todos quedan atrapados en el la red que justifica el crimen.
Casi anochecía cuando me tropecé con la chica. Fue un encuentro casual, o al menos así lo consideré en aquel instante. Me llamó la atención que éramos los únicos que caminábamos bajo la lluvia como si esta no existiera. Ella venía en dirección opuesta. Ya estábamos a cierta distancia, cuando un perro callejero salió de un portal a ladrarle a la chica e hizo un intento de mordida. La muchacha, con una rapidez y una fuerza inusitada para alguien de su constitución, alzó al perro por el pellejo del lomo y lo lanzó contra la pared más próxima. El animal emitió un chillido ahogado, luego convulsionó unos segundos para no moverse más. La chica contempló tranquila el final de su obra, luego dirigió una mirada desafiante hacia mí, pero yo no le dije nada. Pasé por su lado sin mirarla y continué mi camino. No había avanzado dos cuadras cuando me di cuenta que alguien venía tras de mi a corta distancia. Apreté el mango del hacha en la mochila y miré hacia atrás con discreción. Era la chica. No pude menos que sorprenderme, pero tampoco podía estar seguro de que me seguía. Me desvié y entré a un bar. Ocupé una mesa en dirección a la entrada y esperé. La chica se detuvo en la puerta del lugar, miró al interior. Entró y se colocó frente a la mesa que yo ocupaba. Nos miramos unos instantes, estudiándonos el uno al otro. Era bonita. Llevaba un vestido corto de flores. Tenía los cabellos negros, rizados, caían libres sobre sus hombros, cejas espesas y ojos indescriptibles, no había ni esperanza ni miedo en ellos, solo un entusiasmo bestial, como quien ha encontrado algo que hacía mucho estaba esperando sin alegría alguna.
-Me puedo sentar- preguntó.
Yo le dije que si con un gesto de mano. Nunca antes me había sucedido algo parecido. No me consideraba un tipo capaz de atraer la atención de una mujer en esa forma tan directa. Por otra parte, estaba mi orgullo contra las efusiones. Nada de emoción. La chica ocupó la silla frente a mí, no había contrariedad o vacilación en sus gestos.
-Hola-dijo.
-Hola-dije.
-Te pones tenso cuando te siguen de cerca- dijo.
La miré y ella sonrió. Era una risa inexpresiva, una línea que su rostro podía alterar a voluntad.
-¿Sabes por qué reventé a aquel perro?- dijo sin preámbulo alguno.
Me encogí de hombros
-Si quieres decirlo, por mi está bien-contesté.
-¿Pero te gustaría escucharlo?- dijo ella.
-¿Qué puede importar que yo lo escuche o no? Mataste un perro, es todo.
-¿Sabes por que me interesa que lo sepas?-dijo.
-No tengo la menor idea.-respondí.
-Te he visto antes, de lejos- dijo.
-No me digas.
- Si, solías pasar frente a mi facultad, vagando, siempre con esa mochila, y tus libros a cuestas.
-No sabía que me habían notado así.
-Ya ves, no eres tan fantasmagórico como hubieses deseado ¿verdad?
-Verdad-dije. Su presencia ya comenzaba a inquietarme. De pronto desee sacármela de encima. Aunque sentía curiosidad. Era un ser especial, de eso no había duda.
-¿Y entonces- dijo en un suspiro- te interesa saber por qué maté al animal?
-Me da lo mismo- dije.
-¡Ah!, la indeferencia- dijo ella-. Creo suponer que eres de los que piensa que el hombre sólo debería escucharse a sí mismo, forjarse palabras para sus propios silencios y ser consecuente con sus remordimientos. ¿No es así?
-Aceptable tu punto de vista.
-Pero en el fondo no podemos sino ceder ante la impaciencia del dialogo, prostituir la individualidad del alma por hablar con el otro. ¡Que patética necesidad!
Reconozco, que sus palabras me impactaron.
Ella sonrió y se apartó un mechón de pelo que caía delante de sus ojos. El gesto me provocó un vuelco en el pecho. Sentí que era hora de irme.
Se inclinó despacio hacia delante sin el menor cuidado por el escote, acortando la distancia que nos separaba y en voz muy baja dijo:
-Sé cual es tu secreto.
Mi rostro debió haber adquirido un rictus poco agradable, ya que la muchacha retrocedió. No estaba asustada, había satisfacción en el fondo de sus ojos. Sobre todo al ver que mi mano había ido despacio, de forma instintiva, hacia la mochila.
En ese momento pensé… o mejor dicho, intenté pensar adonde llevaría todo aquello. La chica estaba allí, imperturbable.
-No te preocupes- dijo- está a salvo conmigo.
Me puse en pie dispuesto a marcharme. Entonces ella sostuvo mi mano con fuerza.
-Maté al perro para atraer tu atención- dijo ella. Había cierta suplica en sus palabras.
Debí haberme ido. Sospechaba que la chica estaba llena de indiferencia hacia todo. Estaba hastiada. Y el hastío puede llegar a ser la ruina del tiempo y de la vida, Entonces ocurrió lo imprevisto. Ella se levantó y acercó su cuerpo al mío como solo una mujer sabe hacerlo y me besó. Dígame, ¿Existe una sola vida que no esté impregnada de los errores que hacen vivir? ¿Existe una sola vida clara, transparente, sin raíces humillantes, sin motivos inventados, sin los mitos surgidos de los deseos? No, Y la mía tampoco está exenta. Reconozco que padecí del reblandecimiento de todos los hombres cuando son rodeados por las carnes de una mujer. Fuimos a mi casa y pasamos la noche ahí.
¿Qué pasó después? Bueno, a la mañana siguiente pensé en despedirme de ella, no verla más, pero me invitó a “caminar por la ciudad”. La expresión en sus labios sonaba romántica, pero sabía el peso que había en el fondo de sus palabras. Caminar por la ciudad del brazo de ella constituía tener conciencia del engaño de existir en el otro y dejarse arrastrar por ello. Una vez más la ciudad cerraba filas entorno a mi, y pronto me consumiría en sus entrañas.
Durante nuestro paseo entramos a una iglesia. Estaba vacía. Ocupamos un banco cerca del altar. Ella alzó sus ojos al cristo crucificado que pendía cerca del techo.
-¿Crees en Dios?- preguntó.
-No- le dije.
Desvió sus ojos hacia mí.
-Hubo una época en mi vida en que era una fiel devota de Dios. Pero ya no… ya no.-dijo.
-¿Qué pasó?
-Encontré al diablo más atractivo
No pude menos que sonreír. Ella también lo hizo.
-Luego –aclaró ella-terminé sintiendo desprecio y lastima por los dos.
-Eso si que no lo había escuchado nunca.
-¿Te has preguntado alguna vez por qué Dios es tan incoloro, tan estupidamente pintoresco? ¿Por qué carece de interés, de vigor y de actualidad y se nos parece tan poco a ese que está ahí arriba colgando?-dijo y señaló hacia el crucificado sufriente.
-No, nunca me he hecho esa pregunta.
-La respuesta es muy simple. Dios no es más que un producto de nuestros propios espantos en medio de nuestras búsquedas, un asidero para nuestras almas sin consuelo. Y todo porque estamos enfermos de esperanza.
-Muy poético de tu parte dije-¿Y el Diablo?
- El caso del Diablo es diferente. Él es basurero de nuestra existencia. Le hemos dotado de maldad y perseverancia, dos de nuestros atributos dominantes, hemos agotado tiempo para volverle tan real como sea posible; nuestras fuerzas se han consumido en forjar su imagen, ridícula, inteligente, irónica y, sobre todo, mezquina. El hombre se reconoce demasiado en él como para sentir amor o devoción. Creo que de existir, el diablo sería la más infeliz de las criaturas.
-Interesante tu punto de vista- contesté.
-¿De verdad? – dijo y recostó su cabeza en mi hombro.
-Si, en serio.
-¿Sabes que es lo más terrible de todo?- dijo ella.
-No.
-Que nunca he podido dejar de creer.
-¿En Dios o en el Diablo?
-En ninguno de los dos- dijo. Luego hizo silencio y acurrucó su cabeza en mi pecho.
Una anciana entró al templo, nos dirigió una mirada de reprobación, luego ocupó un banco en la banda opuesta, sacó un rosario y comenzó a rezar, de vez en cuando nos miraba. Alcé mis ojos en dirección al Cristo. Sus ojos reflejaban una agonía estatuaria, la sangre que descendía de la corona de espinas parecía coagulada en el tiempo. Cristo crucificado, sacado del monte calvario, repartido y exhibido por todo el mundo como un mono de feria. Y todo ello para salvar al hombre de su hastío. Si, , creo que desde Adán, todo el esfuerzo de los hombres ha sido por modificar el hastío existencial del propio hombre. Y la evolución de esa idea se realza en el espíritu de la ciudad.
La chica levantó la cabeza de mi pecho y me miró a los ojos.
-¿Que crees de mi?- preguntó.
-Nada-dije- no puedo creer nada.
Desvió la mirada. Creo que esperaba escuchar algo que no dije.
-¿Y tu de mi?- pregunté.
- Creo que eres un ser solitario y siento que estas muy orgulloso por ello, pero es un falso orgullo. El solitario no es el que abandona el trato con los hombres, sino el que sufre en medio de ellos.
-Interesante teoría sobre mi mismo.
Nos quedamos en silencio otro rato y después salimos de la iglesia. Caminábamos despacio, sin decirnos nada. Ella iba aferrada a mi brazo y yo no me atrevía a mirarla a los ojos. Hubo un momento en que ella se detuvo y me cerró el paso con su cuerpo.
-¿Sabes que es lo más aprecio de la vida?
Negué con la cabeza.
-La muerte.
-¿La muerte?
-Si, la muerte. ¿No te resulta atractiva?
-A veces pienso en ella, pero nunca me ha preocupado definirla. Simplemente habita entre nosotros.
-Es más que eso- dijo ella. - la muerte es exacta, nunca falla, está desprovista de toda falacia, carece de los misterios hipócritas que sostienen la vida. Por ello la vida inspira más espanto que la muerte. Puedes adelantar la muerte, pero no aplazarla. Es ella la que separa los dos mundos. Simplemente algo fascinante.
Había una luz extraña en sus ojos cuando terminó de hablar. Me observaba en espera que yo hiciera algún comentario, pero no dije nada.
Así trascurrió ese día, al anochecer me di cuenta que no deseaba separarme de ella. ¡Ah! la añoranza del otro. La astucia más veraz de la ciudad. La chica lo sabía y trazó bien su propósito hacia mí. Nos quedamos juntos esa noche, y luego otra y otra. Pasaron los días. En ellos viví experiencias indescriptibles, creo haber rozado la felicidad, la pureza, olvidé mi mochila, olvidé la ciudad. Sin embargo, todo sentimiento vivido hasta la saciedad se anula en sus propios excesos.
¿Me puede decir la hora una vez más? Gracias. No se irrite, ya estamos llegando al final de todo.
Una mañana despertamos, abrazados, como ya era costumbre. Ella acercó sus labios y me besó despacio durante largo rato. Luego separó su boca a escasos centímetros de la mía y dijo.
-Necesito tu ayuda.
-¿Mi ayuda, para qué?- Sus palabras provocaron un estremecimiento que recorrió mi cuerpo.
-Ayúdame a morir-dijo.
Alejé su cuerpo del mío. No creo que haya sido un acceso de sentimentalismo. Pero admito que no pude evitar cierta sensación de catástrofe emocional ante su petición.
-¿Te puedo preguntar por qué deseas morir?
- Porque la vida está pasada de moda, está en desuso, como la luna, la tuberculosis o el romanticismo. No es más que una dolencia, una fatalidad. Ayúdame a morir
-Lo siento. No, soy un asesino.
-Lo sé. Eres un verdugo. Por eso llevas oculto dentro de tu mochila lo que me hará libre.
Me tiré de la cama y comencé a vestirme.
-Te equivocas. No soy nada, no pretendo ser nada. Te has hecho una idea equivocada de mí.
-¿! Y el hacha!? ¿Para que la llevas contigo? ¿! Para intimidar!? ¡De ser así no eres más que un cobarde!
De nuevo aquella palabra. Sentí que un demonio se diluía en mis venas a fuego lento. De nuevo el espíritu de la ciudad reaparecía y me tomaba por el cuello.
-¿Eso era todo lo que deseabas de mi?- dije- ¿todo lo ocurrido entre nosotros ha sido para llegar a esto?
-¡No, imbecil!- gritó ella- fue por lastima, por tu tristeza de hiena. Por que tu deprimente presencia en esta ciudad hace que los burdeles y las iglesias estallen en suspiros. Tu pose de vikingo errante me conmovió. Eso fue todo, pero ya se acabó.
-Vete- le dije.
Ella terminó de vestirse. Ya en la puerta gritó:
¡Pendejo!
Y se fue llorando.
No tengo palabras para describir el estado en que me dejó todo aquello. Involucrarnos emocionalmente con los otros es pecar contra la paz que ofrece la soledad. Antes de la chica estaba solo, pero no me sentía solo. Ahora me había quedado solo y era terrible. Sentí que iba a comenzar a vivir como un punto en la línea de una circunferencia. No importaba el tiempo, o cuan rápido o lento hiciera el recorrido, si avanzaba o retrocedía, de cualquier modo iba a llegar siempre al mismo lugar de donde había partido. Alguien dijo que todos los seres tienen su lugar en la naturaleza, él hombre es el único que continúa siendo una criatura divagante, perdida en la vida, insólita en la creación. Estoy de acuerdo. Asumí mi rutina anterior, pero era diferente, estaba marcado por algo inexplicable. Caminaba por las calles lleno de furia. Afilaba el hacha cada mañana, y la tenía próxima. El peso de la ciudad era abrumador, sentía que sus murallas invisibles y su arquitectura roída murmuraban algo a mis espaldas. Los rumores de sus calles trepaban hasta mi ventana y sacudían mi cuerpo. Escuchaba las noticias y el presentimiento que algo iba a ocurrir era latente.
Ayer en la noche, yo vagaba como de costumbre. En el cruce de una calle estrecha y poco iluminada, como la de aquel parqueo, advertí de pronto que alguien me seguía. Apuré el paso, pero la persona insistía sobre mis espaldas. Comenzó aquella opresión en mi pecho. Entonces una mano se aferró a mi hombro al mismo tiempo que una voz fingida dijo: “Cobarde”. No quedaba más por hacer. Después de tantos años el momento había llegado. Tomé el hacha y me voltee. Fue un golpe seco, en la frente. El crujido del hueso roto aun se oye en mi cabeza. El sujeto calló desplomado, no hubo convulsiones, ni espasmos. La luz enfermiza de un poste me reveló el rostro de mi perseguidor. Era ella, la muchacha. Lloré, lloré aunque de nada sirva decirlo. Guardé el hacha manchada de sangre en la mochila y me fui. Lo demás, usted ya lo conoce.
¿Que hora es ?… ¡Ya son las ocho de la noche! ¡Ah!, escuche, escuche. ¿No la oye? Es la música del noticiero. ¿No es hermosa? Vayamos a mirar el televisor y escuchemos las noticias, le garantizo que el origen y la banalidad de todo crimen la encontrará ahí, en lo callan sobre la ciudad.