Saturday, December 26, 2009

Anatema de la ciudad, de Johan Moya Ramis

Hay una explicación sobre el hacha manchada de sangre y el cadáver. Usted quiere escucharla. Si no ¿para qué me han traído aquí? No debe preocuparse por mi sinceridad ya que no voy a omitir nada. A su pregunta de si soy el dueño del hacha. Le contesto que si, lo soy. Antes de comenzar quiero que sepa que no me molesta la condición de sospechoso, ya que en el fondo es una constante universal a la que todos estamos sometidos. Pero no se confunda, no soy un criminal en el sentido estricto de la palabra. Un criminal esta obcecado por una idea fija hasta llevarla a cabo, y no es mi caso. A propósito, ¿me puede decir la hora?... gracias.

Puedo comenzar diciendo que el origen del hacha fue la ciudad, sabe. La ciudad es el laberinto donde el hombre se pierde. De niño caminaba en ella y siempre había cierto pánico o sospecha de pánico. Nadie puede prever lo que ocurrirá al doblar una esquina. ¿Nunca ha caminado por una calle desierta o repleta a cualquier hora? Es una sensación inquietante. Recuerdo la tarde en que me tropecé con aquel sujeto. Yo tenía unos nueve años, regresaba a casa de la escuela más temprano de lo habitual. Me crucé con él en una calle estrecha y vacía. Pasé por su lado y lo dejé atrás. Entonces sentí como sus pasos se detuvieron un instante para luego escucharlos tras de mi. Crucé la calle y él hizo lo mismo. Comenzó a seguirme. Yo no me atreví a mirar hacia atrás. El sonido de sus pasos a mi espalda me oprimía el pecho. Cuando sentí que casi tocaba mi hombro eché a correr. ¿Sabe lo que hizo mi perseguidor entonces? Reírse, aun recuerdo sus carcajadas, y su voz terrible que gritaba una sola palabra “Cobarde”. La repetía una y otra vez, hasta que en mí huida fue quedando atrás. Quise encontrar a un policía pero no lo hallé. Caminé a casa desconcertado. Al llegar, vomité y perdí el conocimiento. ¿En verdad era yo un cobarde? Ese día comprendí que en la cuidad todo está previsto y ajustado; la barbarie ocasional no viene a turbar su armonía.

Por otro lado estaba la contradicción de las noticias. Desde niño el noticiero marcaba la vida en nuestro hogar, el tiempo se detenía en casa cuando se escuchaba la música que lo anunciaba. Era la señal de que todos debíamos marchar a la sala, escuchar y ver. Entonces me exasperaba. En las noticias se decía que en la ciudad todo estaba bien. Que era un lugar hermoso. Las cámaras de televisión siempre exhibían gente con amplias sonrisas. Todos optimistas, eufóricos de dicha. Yo discutía sobre eso con mi familia, pero en casa estaba prohibido hablar contra las noticias, y menos entrar en contradicción con la ideología de la ciudad. Para ellos la ciudad era hermosa en toda forma y contenido, aunque cuando fui creciendo me di cuenta que los criterios de mi familia eran solo una pose. En su fuero interno odiaban la ciudad, pero al mismo tiempo le temían y no se revelaban contra ella y en medio de ese temor se mecían en ellos doctrinas y mentiras ocultas.

No se impaciente , si le narro todo esto es para que usted tenga una visión completa del asunto que tanto le interesa sobre el hacha manchada de sangre en mi mochila.

Fue a los quince años que comencé a pensar en el hacha. ¿De donde surgió la idea? Bueno, de la literatura, sabe. La literatura y la música me mantuvieron a salvo de la ciudad. Aunque sabía que era una falsa paz. Porque tenía la sospecha que algún día la zona muerta de la urbe terminaría tragándome para hacerme pagar mi rebeldía, y la prueba de ello es que estoy aquí. Pues le decía que fue la literatura, una novela rusa, no me pregunte cual, no retengo mucho los nombres. Mi memoria solo recoge escenas, melodías, sonidos e intensidades. En esa novela un joven decide ir contra la opresión de la ciudad, estar por encima de su estado permanente, alzarse sobre las normas que se consumen en ella. No puede imaginar cuanto me emocioné al leer aquello, aunque reconozco que al final mi héroe se me ablandó un poco al verlo arrepentido de su obra sublime a los pies de una prostituta. Muchos dicen que fue el amor o el arrepentimiento lo que llevó a mi decepcionante ídolo a ese estado. Pero fue su ciudad, es la ciudad, que se traga vivo a sus moradores sin que ellos se den cuenta. ¿No lo cree usted así, ? Mire se lo voy a ilustrar.

En el preuniversitario conocí a una chica, su nombre es el uno de los pocos que ha retenido mi memoria. Decía un filósofo que más allá de la existencia bruta, todas las fuerzas múltiples que dan una fisonomía al mundo, las debemos a la desdicha, y es cierto. Gracias a un recuerdo incurable nunca olvidé ese nombre. Jane, se llamaba Jane. Yo le puse Baby Jane, como aquella canción de los 80. Aunque ella nunca supo que yo le decía así. Era una muchacha bella. Recuerdo el día que dejé en su puesto del aula un poema. Miró la hoja como si fuese un bicho raro y soltó una carcajada tonta. Esa era la manera más cordial de burlarse de lo que no tenía nada que ver con ella. Un día la invité a salir y ella aceptó. Mientras caminábamos en silencio, yo pensaba en decirle cosas profundas, definitivas. Pero el sonido del claxon de un auto interrumpió el hilo de mis pensamientos. Era un auto moderno, rojo metálico. Un individuo joven, apuesto, sacó la cabeza por la ventanilla del chofer y la llamó cariñosamente por un nombre que yo desconocía. Ella se volteó. Su rostro estaba iluminado. Comprendí que yo había sido una alternativa de segunda mano. Se disculpó con fingida amabilidad y se introdujo en el auto. En la salida, la rueda pasó sobre un charco y me salpicó. Ellos rieron. Miré a mí alrededor y sentí que todo en la cuidad me hablaba: las calles, los edificios, las casas, la gente, la gente… todo adquirió un soberbio matiz a mierda. ¡Ah!, la ciudad…

Usted puede pensar, que esta historia es irrelevante, una exageración ante una decepción amorosa. Si todo hubiese concluido ahí, estaría de acuerdo con usted, pero no. Hubo más.

Después de lo sucedido comencé a andar sin rumbo fijo, a paso entrecortado, sin entendimiento alguno, solo con leves cortocircuitos del reflejo, intentando divorciar la mente del cuerpo, mientras mi cabeza divagaba en medio de una balanza de probabilidades. Como por ejemplo: enumerar las veces que pude haber cambiado el curso de mi vida y entrar en el camino de las grandes adquisiciones materiales, incluyendo un auto rojo metálico. ¿Cuantas oportunidades tuve? Muchas. No muy dignas de acuerdo con la moral de la ciudad, pero las tuve y las deseché. Mi elección había sido otra: las letras, la construcción de historias, las malas noches, las tertulias literarias, los amores fugaces, ir al cine como un demente y vivir historias ajenas. Sin embargo, en ese instante, la elección dolía y lo peor no fue eso. , la ciudad es la confusión que esconde su propio caos en un juego sucio, y nosotros somos sus piezas fundamentales. Pero aun no lo entendía cuando mis pasos extraviados encontraron el auto rojo metálico en el parqueo de uno de esos grandes restaurantes. Sí, la ciudad puede llegar a ser una ruleta rusa, la ironía del destino hecha circunstancia. Ya era de noche. Al ver aquello sospeché que estaba atrapado en un callejón sin salida, imagen que casi siempre es la justificación premeditada de los audaces infelices.

El parqueo se encontraba en un sitio poco iluminado. La fachada del restaurante era de vidrieras que permitían observar el interior desde la calle. Los vi. Ella sonreía y se llevaba una copa a los labios y el tipo del auto la miraba, convencido de que todo iba bien. Se inclinó sobre ella y la besó, besó aquellos labios que aun hoy me perturban. Estuve un rato allí, observándolos. Luego se levantaron para salir. De forma instintiva retrocedí hasta una calle oscura, sin cuestionarme el desprecio que se había ido fermentando en mi pecho.

Salieron en dirección al estacionamiento. Entonces pensé en el hacha. Sentí sed del hacha. Su idea se impuso, pero era solo una idea, mi mochila estaba vacía. No puede saberse lo que un hombre debe perder por el valor de pisotear todas las convenciones morales. En mi cabeza había una voz, era una voz sin cuerpo, era la voz de la ciudad que geometrizaba su laberinto para envolverme en sus redes. Pero primero debía mostrarme sus entrañas en una súbita apoteosis.

Cuatro individuos aparecieron. Pasaron a escasos metros del sitio en que me ocultaba sin advertir mi presencia, los vi de perfil. Iban a toda velocidad en dirección al parqueo. Armados. Rodearon a la pareja justo cuando entraban al auto. Todo fue muy rápido. Forcejeo, armas blancas, un grito ahogado sin resuello. El auto arrancó con los cuatro adentro. Él y ella quedaron tendidos sobre el suelo. Él no se movía, pero ella… ella aun si. Sus manos temblaban, su boca se abría e intentaba articular un grito que no pasaba de un leve gemido. Miré al interior del restaurante. Nadie se había dado cuenta. El vecindario era silencioso, aristócrata, de los que viven a puertas cerradas. ¡Ah! la ideología de la ciudad. Me sentí derrotado antes de emprender cualquier intento de auxilio. Retrocedí por la misma calle. Ya alejado del lugar, me sentí más tranquilo y más miserable. ¿La conciencia dice usted? La conciencia es contemplar el ir y venir de lo que ya no tiene remedio, Además, el espíritu de la ciudad se cerraba sobre mi garganta. ¿Entiende? Fue después de aquello que comencé a andar con el hacha en mi mochila. No se si lo hice por temor o por valentía, nunca se sabe si se requiere ser un verdadero cobarde para aniquilar a otro o si se es valiente al estar por encima de toda convención moral. Dos sentimientos se acunaron dentro de mí, uno: que podía ser el blanco de acontecimientos hostiles en cualquier circunstancia, hora o lugar, el otro: de solo acariciar la idea del hacha me sentí un valeroso fanfarrón que podía abrazar la amenaza y huir hacia el peligro. La única conclusión posible era que mi lucha no era contra carne y sangre sino contra las potestades de la ciudad.

A lo veinte años comencé a vivir solo. Mi nuevo apartamento tenía lo imprescindible: un sofá, una butaca, una mesa, una silla, una cama, todo lo demás estaba destinado a los libros y la música, y en un lugar de la pared, un estante adecuado solo para el hacha. Quise prescindir del televisor, sin embargo no pude, y todo por el maldito habito de escuchar el noticiero. Era una especie de adicción irresistible. Pero creo haber logrado subvertir su efecto, claro que lo hice. No le prestaba tanta atención a lo que decían sino a lo que callaban. Aprendí a leer e interpretar entre líneas lo que los locutores hablaban. Se sorprendería si le contara lo que muchas veces saqué en limpio.

No se apure , ya vamos llegando a donde usted desea. ¿Me puede decir la hora por favor? Disculpe que le insista, pero es importante. Ya verá.

Fue durante un día lluvioso donde conocí a la chica. Desde hacía una semana la ciudad estaba gris de tanta lluvia, se parecía a Londres, salvo por el sofocante calor. Son los días donde la gente siente el peso opresivo de la urbe y quedan atrapados en la ambigua forma de su arquitectura. Antiguamente se decía que la ciudad estaba rodeada de murallas, pero los muros continúan ahí. Nadie los ve, pero la gente los padece. Días donde las mujeres examinan la hoja de los cuchillos y observan el cuello o los testículos de sus esposos. Donde nace la idea de la zancadilla al impertinente anciano escaleras abajo. Sin sospecharlo, todos quedan atrapados en el la red que justifica el crimen.

Casi anochecía cuando me tropecé con la chica. Fue un encuentro casual, o al menos así lo consideré en aquel instante. Me llamó la atención que éramos los únicos que caminábamos bajo la lluvia como si esta no existiera. Ella venía en dirección opuesta. Ya estábamos a cierta distancia, cuando un perro callejero salió de un portal a ladrarle a la chica e hizo un intento de mordida. La muchacha, con una rapidez y una fuerza inusitada para alguien de su constitución, alzó al perro por el pellejo del lomo y lo lanzó contra la pared más próxima. El animal emitió un chillido ahogado, luego convulsionó unos segundos para no moverse más. La chica contempló tranquila el final de su obra, luego dirigió una mirada desafiante hacia mí, pero yo no le dije nada. Pasé por su lado sin mirarla y continué mi camino. No había avanzado dos cuadras cuando me di cuenta que alguien venía tras de mi a corta distancia. Apreté el mango del hacha en la mochila y miré hacia atrás con discreción. Era la chica. No pude menos que sorprenderme, pero tampoco podía estar seguro de que me seguía. Me desvié y entré a un bar. Ocupé una mesa en dirección a la entrada y esperé. La chica se detuvo en la puerta del lugar, miró al interior. Entró y se colocó frente a la mesa que yo ocupaba. Nos miramos unos instantes, estudiándonos el uno al otro. Era bonita. Llevaba un vestido corto de flores. Tenía los cabellos negros, rizados, caían libres sobre sus hombros, cejas espesas y ojos indescriptibles, no había ni esperanza ni miedo en ellos, solo un entusiasmo bestial, como quien ha encontrado algo que hacía mucho estaba esperando sin alegría alguna.

-Me puedo sentar- preguntó.

Yo le dije que si con un gesto de mano. Nunca antes me había sucedido algo parecido. No me consideraba un tipo capaz de atraer la atención de una mujer en esa forma tan directa. Por otra parte, estaba mi orgullo contra las efusiones. Nada de emoción. La chica ocupó la silla frente a mí, no había contrariedad o vacilación en sus gestos.

-Hola-dijo.

-Hola-dije.

-Te pones tenso cuando te siguen de cerca- dijo.

La miré y ella sonrió. Era una risa inexpresiva, una línea que su rostro podía alterar a voluntad.

-¿Sabes por qué reventé a aquel perro?- dijo sin preámbulo alguno.

Me encogí de hombros

-Si quieres decirlo, por mi está bien-contesté.

-¿Pero te gustaría escucharlo?- dijo ella.

-¿Qué puede importar que yo lo escuche o no? Mataste un perro, es todo.

-¿Sabes por que me interesa que lo sepas?-dijo.

-No tengo la menor idea.-respondí.

-Te he visto antes, de lejos- dijo.

-No me digas.

- Si, solías pasar frente a mi facultad, vagando, siempre con esa mochila, y tus libros a cuestas.

-No sabía que me habían notado así.

-Ya ves, no eres tan fantasmagórico como hubieses deseado ¿verdad?

-Verdad-dije. Su presencia ya comenzaba a inquietarme. De pronto desee sacármela de encima. Aunque sentía curiosidad. Era un ser especial, de eso no había duda.

-¿Y entonces- dijo en un suspiro- te interesa saber por qué maté al animal?

-Me da lo mismo- dije.

-¡Ah!, la indeferencia- dijo ella-. Creo suponer que eres de los que piensa que el hombre sólo debería escucharse a sí mismo, forjarse palabras para sus propios silencios y ser consecuente con sus remordimientos. ¿No es así?

-Aceptable tu punto de vista.

-Pero en el fondo no podemos sino ceder ante la impaciencia del dialogo, prostituir la individualidad del alma por hablar con el otro. ¡Que patética necesidad!

Reconozco, que sus palabras me impactaron.

Ella sonrió y se apartó un mechón de pelo que caía delante de sus ojos. El gesto me provocó un vuelco en el pecho. Sentí que era hora de irme.

Se inclinó despacio hacia delante sin el menor cuidado por el escote, acortando la distancia que nos separaba y en voz muy baja dijo:

-Sé cual es tu secreto.

Mi rostro debió haber adquirido un rictus poco agradable, ya que la muchacha retrocedió. No estaba asustada, había satisfacción en el fondo de sus ojos. Sobre todo al ver que mi mano había ido despacio, de forma instintiva, hacia la mochila.

En ese momento pensé… o mejor dicho, intenté pensar adonde llevaría todo aquello. La chica estaba allí, imperturbable.

-No te preocupes- dijo- está a salvo conmigo.

Me puse en pie dispuesto a marcharme. Entonces ella sostuvo mi mano con fuerza.

-Maté al perro para atraer tu atención- dijo ella. Había cierta suplica en sus palabras.

Debí haberme ido. Sospechaba que la chica estaba llena de indiferencia hacia todo. Estaba hastiada. Y el hastío puede llegar a ser la ruina del tiempo y de la vida, Entonces ocurrió lo imprevisto. Ella se levantó y acercó su cuerpo al mío como solo una mujer sabe hacerlo y me besó. Dígame, ¿Existe una sola vida que no esté impregnada de los errores que hacen vivir? ¿Existe una sola vida clara, transparente, sin raíces humillantes, sin motivos inventados, sin los mitos surgidos de los deseos? No, Y la mía tampoco está exenta. Reconozco que padecí del reblandecimiento de todos los hombres cuando son rodeados por las carnes de una mujer. Fuimos a mi casa y pasamos la noche ahí.

¿Qué pasó después? Bueno, a la mañana siguiente pensé en despedirme de ella, no verla más, pero me invitó a “caminar por la ciudad”. La expresión en sus labios sonaba romántica, pero sabía el peso que había en el fondo de sus palabras. Caminar por la ciudad del brazo de ella constituía tener conciencia del engaño de existir en el otro y dejarse arrastrar por ello. Una vez más la ciudad cerraba filas entorno a mi, y pronto me consumiría en sus entrañas.

Durante nuestro paseo entramos a una iglesia. Estaba vacía. Ocupamos un banco cerca del altar. Ella alzó sus ojos al cristo crucificado que pendía cerca del techo.

-¿Crees en Dios?- preguntó.

-No- le dije.

Desvió sus ojos hacia mí.

-Hubo una época en mi vida en que era una fiel devota de Dios. Pero ya no… ya no.-dijo.

-¿Qué pasó?

-Encontré al diablo más atractivo

No pude menos que sonreír. Ella también lo hizo.

-Luego –aclaró ella-terminé sintiendo desprecio y lastima por los dos.

-Eso si que no lo había escuchado nunca.

-¿Te has preguntado alguna vez por qué Dios es tan incoloro, tan estupidamente pintoresco? ¿Por qué carece de interés, de vigor y de actualidad y se nos parece tan poco a ese que está ahí arriba colgando?-dijo y señaló hacia el crucificado sufriente.

-No, nunca me he hecho esa pregunta.

-La respuesta es muy simple. Dios no es más que un producto de nuestros propios espantos en medio de nuestras búsquedas, un asidero para nuestras almas sin consuelo. Y todo porque estamos enfermos de esperanza.

-Muy poético de tu parte dije-¿Y el Diablo?

- El caso del Diablo es diferente. Él es basurero de nuestra existencia. Le hemos dotado de maldad y perseverancia, dos de nuestros atributos dominantes, hemos agotado tiempo para volverle tan real como sea posible; nuestras fuerzas se han consumido en forjar su imagen, ridícula, inteligente, irónica y, sobre todo, mezquina. El hombre se reconoce demasiado en él como para sentir amor o devoción. Creo que de existir, el diablo sería la más infeliz de las criaturas.

-Interesante tu punto de vista- contesté.

-¿De verdad? – dijo y recostó su cabeza en mi hombro.

-Si, en serio.

-¿Sabes que es lo más terrible de todo?- dijo ella.

-No.

-Que nunca he podido dejar de creer.

-¿En Dios o en el Diablo?

-En ninguno de los dos- dijo. Luego hizo silencio y acurrucó su cabeza en mi pecho.

Una anciana entró al templo, nos dirigió una mirada de reprobación, luego ocupó un banco en la banda opuesta, sacó un rosario y comenzó a rezar, de vez en cuando nos miraba. Alcé mis ojos en dirección al Cristo. Sus ojos reflejaban una agonía estatuaria, la sangre que descendía de la corona de espinas parecía coagulada en el tiempo. Cristo crucificado, sacado del monte calvario, repartido y exhibido por todo el mundo como un mono de feria. Y todo ello para salvar al hombre de su hastío. Si, , creo que desde Adán, todo el esfuerzo de los hombres ha sido por modificar el hastío existencial del propio hombre. Y la evolución de esa idea se realza en el espíritu de la ciudad.

La chica levantó la cabeza de mi pecho y me miró a los ojos.

-¿Que crees de mi?- preguntó.

-Nada-dije- no puedo creer nada.

Desvió la mirada. Creo que esperaba escuchar algo que no dije.

-¿Y tu de mi?- pregunté.

- Creo que eres un ser solitario y siento que estas muy orgulloso por ello, pero es un falso orgullo. El solitario no es el que abandona el trato con los hombres, sino el que sufre en medio de ellos.

-Interesante teoría sobre mi mismo.

Nos quedamos en silencio otro rato y después salimos de la iglesia. Caminábamos despacio, sin decirnos nada. Ella iba aferrada a mi brazo y yo no me atrevía a mirarla a los ojos. Hubo un momento en que ella se detuvo y me cerró el paso con su cuerpo.

-¿Sabes que es lo más aprecio de la vida?

Negué con la cabeza.

-La muerte.

-¿La muerte?

-Si, la muerte. ¿No te resulta atractiva?

-A veces pienso en ella, pero nunca me ha preocupado definirla. Simplemente habita entre nosotros.

-Es más que eso- dijo ella. - la muerte es exacta, nunca falla, está desprovista de toda falacia, carece de los misterios hipócritas que sostienen la vida. Por ello la vida inspira más espanto que la muerte. Puedes adelantar la muerte, pero no aplazarla. Es ella la que separa los dos mundos. Simplemente algo fascinante.

Había una luz extraña en sus ojos cuando terminó de hablar. Me observaba en espera que yo hiciera algún comentario, pero no dije nada.

Así trascurrió ese día, al anochecer me di cuenta que no deseaba separarme de ella. ¡Ah! la añoranza del otro. La astucia más veraz de la ciudad. La chica lo sabía y trazó bien su propósito hacia mí. Nos quedamos juntos esa noche, y luego otra y otra. Pasaron los días. En ellos viví experiencias indescriptibles, creo haber rozado la felicidad, la pureza, olvidé mi mochila, olvidé la ciudad. Sin embargo, todo sentimiento vivido hasta la saciedad se anula en sus propios excesos.

¿Me puede decir la hora una vez más? Gracias. No se irrite, ya estamos llegando al final de todo.

Una mañana despertamos, abrazados, como ya era costumbre. Ella acercó sus labios y me besó despacio durante largo rato. Luego separó su boca a escasos centímetros de la mía y dijo.

-Necesito tu ayuda.

-¿Mi ayuda, para qué?- Sus palabras provocaron un estremecimiento que recorrió mi cuerpo.

-Ayúdame a morir-dijo.

Alejé su cuerpo del mío. No creo que haya sido un acceso de sentimentalismo. Pero admito que no pude evitar cierta sensación de catástrofe emocional ante su petición.

-¿Te puedo preguntar por qué deseas morir?

- Porque la vida está pasada de moda, está en desuso, como la luna, la tuberculosis o el romanticismo. No es más que una dolencia, una fatalidad. Ayúdame a morir

-Lo siento. No, soy un asesino.

-Lo sé. Eres un verdugo. Por eso llevas oculto dentro de tu mochila lo que me hará libre.

Me tiré de la cama y comencé a vestirme.

-Te equivocas. No soy nada, no pretendo ser nada. Te has hecho una idea equivocada de mí.

-¿! Y el hacha!? ¿Para que la llevas contigo? ¿! Para intimidar!? ¡De ser así no eres más que un cobarde!

De nuevo aquella palabra. Sentí que un demonio se diluía en mis venas a fuego lento. De nuevo el espíritu de la ciudad reaparecía y me tomaba por el cuello.

-¿Eso era todo lo que deseabas de mi?- dije- ¿todo lo ocurrido entre nosotros ha sido para llegar a esto?

-¡No, imbecil!- gritó ella- fue por lastima, por tu tristeza de hiena. Por que tu deprimente presencia en esta ciudad hace que los burdeles y las iglesias estallen en suspiros. Tu pose de vikingo errante me conmovió. Eso fue todo, pero ya se acabó.

-Vete- le dije.

Ella terminó de vestirse. Ya en la puerta gritó:

¡Pendejo!

Y se fue llorando.

No tengo palabras para describir el estado en que me dejó todo aquello. Involucrarnos emocionalmente con los otros es pecar contra la paz que ofrece la soledad. Antes de la chica estaba solo, pero no me sentía solo. Ahora me había quedado solo y era terrible. Sentí que iba a comenzar a vivir como un punto en la línea de una circunferencia. No importaba el tiempo, o cuan rápido o lento hiciera el recorrido, si avanzaba o retrocedía, de cualquier modo iba a llegar siempre al mismo lugar de donde había partido. Alguien dijo que todos los seres tienen su lugar en la naturaleza, él hombre es el único que continúa siendo una criatura divagante, perdida en la vida, insólita en la creación. Estoy de acuerdo. Asumí mi rutina anterior, pero era diferente, estaba marcado por algo inexplicable. Caminaba por las calles lleno de furia. Afilaba el hacha cada mañana, y la tenía próxima. El peso de la ciudad era abrumador, sentía que sus murallas invisibles y su arquitectura roída murmuraban algo a mis espaldas. Los rumores de sus calles trepaban hasta mi ventana y sacudían mi cuerpo. Escuchaba las noticias y el presentimiento que algo iba a ocurrir era latente.

Ayer en la noche, yo vagaba como de costumbre. En el cruce de una calle estrecha y poco iluminada, como la de aquel parqueo, advertí de pronto que alguien me seguía. Apuré el paso, pero la persona insistía sobre mis espaldas. Comenzó aquella opresión en mi pecho. Entonces una mano se aferró a mi hombro al mismo tiempo que una voz fingida dijo: “Cobarde”. No quedaba más por hacer. Después de tantos años el momento había llegado. Tomé el hacha y me voltee. Fue un golpe seco, en la frente. El crujido del hueso roto aun se oye en mi cabeza. El sujeto calló desplomado, no hubo convulsiones, ni espasmos. La luz enfermiza de un poste me reveló el rostro de mi perseguidor. Era ella, la muchacha. Lloré, lloré aunque de nada sirva decirlo. Guardé el hacha manchada de sangre en la mochila y me fui. Lo demás, usted ya lo conoce.

¿Que hora es ?… ¡Ya son las ocho de la noche! ¡Ah!, escuche, escuche. ¿No la oye? Es la música del noticiero. ¿No es hermosa? Vayamos a mirar el televisor y escuchemos las noticias, le garantizo que el origen y la banalidad de todo crimen la encontrará ahí, en lo callan sobre la ciudad.

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